Querido 2020

Señor, recuérdame cuán breve es mi tiempo sobre la tierra. 
Recuérdame que mis días están contados y que mi vida se acaba.

Salmo 39.



Querido 2020, tú y yo sabemos que yo no nací para dar discursos, y sin embargo aquí me tienes parada frente a ti.
Te preguntarás cómo ocurrió esto, bueno no fue un camino fácil. Llegué luego de un 2019 que me exprimió todas las lágrimas, un año en el que me despedí de mi principal guía espiritual, mi abuela, y la prueba más fuerte hasta ahora llegó a mi vida al abrazar a mi hijo enfermo. Llegué dolida, resignada y sin fé. Sin embargo, ahora sé, el cómo no es importante, pero sí el porque y el para qué llegué hasta aquí.
Como mi abuela me enseño, nada en el universo son coincidencias, todo son Dioscidencias. Así, el porque hoy me tienes hablando alto, haciendo de mis letras un sonido, es como todo querido amigo, obra de mi Padre. Y aún más emocionante es el para qué... pero me adelanto, permíteme te cuanto antes.

Querido 2020 no lo voy a negar, me tomaste por sorpresa, y no sólo a mí ¡a la humanidad entera! ¡pedazo de tiempo! Todo estaba saturado, decadente y casi perdido. El mundo necesitaba renovarse. Así que de la forma más natural, como lo hiciera una oruga, nos mandaste a todos al capullo, para que se cumpliera la voluntad de Dios, quien nos pensó desde el principio de los tiempos como la generación pandemia. Grandes cambios comenzaron. Los ríos y mares se limpiaron, el aire se hizo puro y el cielo recobró su azul. Los animales tomaron las calles recuperando su espacio natural. Nacieron nuevos brotes y a través de las ventanas vimos abrirse la más gozosa primavera. Nos topamos en el pasillo con el hijo, con el hermano, y  regresaron las ganas de abrazarnos. Nos sentamos a la mesa a comer sin prisa, a reír y a llorar juntos. Y todo nos pareció nuevo. Soltamos el calendario, nos bajamos de los aviones, cocinamos y miramos las estrellas. De pronto todo se volvió profundo.

En mi propio universo la transformación también comenzó. Por invitación de una muy querida amiga, antes de saber tus planes, me inscribí en un diplomado, un hermoso regalo. Ahí conocí a las verdaderas magnolias de acero, 16 luminosas mujeres resilientes y amorosas, que abrieron su corazón y me dejaron ver la belleza de su alma. Valientes y poderosas aún detrás de un pantalla. Capaces de mirarse a los ojos sin juzgar y abrazar sus propios miedos para crecer.
A su lado mi transmutación comenzó. Entendí que soy resultado de mi pasado pero no tengo que ser prisionera el mismo. Aprendí a honrar y respetar mi ser. La voz ruda que llevaba tatuada se transformó en una voz humana. Fui guiada y fui guía.  Descubrí las aristas imperfectas de mi personalidad y aprendí a amarlas. Acuné a la niña que fui. Sin maquillaje, frente al espejo, me gustaron mis 51 años.  Comprendí al fin porqué Dios me dio una gran escucha y una voz queda. Escribí, escribí, escribí... y callé. Y fue ahí, en el silencio, donde por fin comprendí el para qué.

Hoy sé que no se trata de mi, sino de Él. Le rogué por mi fe, y me la concedió. Si hoy tengo esperanza en mi es porque le creo a Dios. Le creo que me hizo para tener significado, que estoy en esta vida para cumplir con un propósito y que estoy de paso. Le creo que la semilla de eternidad que sembró en mi corazón solo puede florecer en su reino. Y ese es mi para qué.

La pandemia terminará y saldremos distintos, ojalá mejores. Con una gran lección aprendida, con las llaves del futuro en las manos. Confío en que Dios sabe que es lo mejor para mi, que todo lo tiene planeado. Nada es fortuito, todo es obra suya.

Mientras tanto, hoy, querido 2020,  plantada frente a ti, a mitad del camino, expectante y dócil, espero que el viento de mi Creador sople y haga de mi un instrumento, para cumplir mi propósito en esta vida, segura de que lo que venga serán puras y benditas Diosidencias.

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